jueves, 4 de mayo de 2017

La vida nocturna de la capital de Tailandia: Bangkok.




Tras casi 19 horas de avión, una escala en Hong Kong y dos horas y media de retraso, finalmente llegamos al aeropuerto internacional de Bangkok. El viaje no comenzaba con buen pie. El transferista que debía llevarnos al hotel Residence Silom no hizo acto de presencia y tras llamar a la agencia decidimos coger un taxi. “ya lo reclamaremos a la vuelta” pensé en ese momento sin ánimo de amargarme ya el primer día. A veces, estos servicios en Tailandia no son lo serios que deberían.

Lo primero que me llamo la atención fue la localización del conductor, en la parte derecha como los ingleses. No sin razón, precisamente a ellos se les debe la introducción de los primeros vehículos motorizados en el país.


Tailandia, antiguo Reino de Siam, es un país con poco más de 65 millones de habitantes, de los cuales 12 aproximadamente se aglutinan en torno a su capital Bangkok. Una ciudad inmensa e incesante, llena de matices, de contrastes, de olores entremezclados y todos los colores del mundo.


Llegamos al hotel y decidimos descansar un rato antes de acudir al punto de encuentro para nuestra primera visita. A las 19 horas nos esperaba Noemí, una tailandesa de expresivos ojos negros y una dulzura incalculable, para acompañarnos en nuestra toma de contacto con la vida nocturna de la ciudad.


Justo delante del hotel se encontra la estación Chong Nonsi del Sky Train (Tren elevado) que cogimos en dirección Estadio Olímpico, para bajarnos en la estación Sala Daeng. Es tan solo una parada y se puede hacer el trayecto tranquilamente caminando, pero con la ayuda de Noemí aprovechamos para que nos explicara con funcionan los transportes publicos en la ciudad. Los tickets se compran en función de la parada en la que te quieras bajar y cuestan entre 15 y 45 Bats (entre 0,40€ y 1,25€ al cambio). Lo tiene todo: sencillo, cómodo y… ¡Barato!


Visitamos en primer lugar el Mercado nocturno de Patpong abierto entre las seis de la tarde y la una de la madrugada. Una calle cerrada al tráfico llena en su parte central de puestos ambulantes con todos los artículos que te puedas imaginar: lámparas, tazas, gafas, camisetas, cinturones,  playeros, bolsos de imitación… etc. En los bajos comerciales un sinfín de lugares para la vida nocturna y la lujuria que tanto se relaciona con este país. En esta calle 
los tópicos se hacen realidad. Pink Panter Club, French Kiss, Top Less Pull Bar, Super Pussy o The Strip son algunos de los sugerentes nombres que se pueden leer en los luminosos carteles de neón mientras en los interiores las chicas se contonean encima de las barras.






A continuación cogimos un taxi hasta la Lebua State Tower, con un coste de 45 bats, para subir al piso 63 donde está el SkyBar Sirocco. Una terraza con las mejores vistas de la ciudad y famoso por haberse rodado la película Resacón en Tailandia. En este lugar se exige un mínimo en la etiqueta y son bastante estrictos. La entrada es gratuita pero te obligan a consumir y dada la elegancia y el trato del personal los precios no son muy económicos. Una consumición puede oscilar entre los 300 y los 500 bats (de 8 a 15 euros). Sin embargo, las vistas y la experiencia merecen la pena. Estuvimos media hora disfrutando del lugar, aliviandonos 
con el aire fresco que corre en la azotea del tremendo sopor que provoca la humedad sumada al calor y, cómo no, tomándonos un buen cocktail.




Volvimos a coger otro taxi y nos fuimos al Barrio Chino. Uno de los lugares que más me llamaron la atención por su frenética actividad. Podríamos decir que en realidad existen dos barrios: Uno de día, lleno de tiendas de venta al por mayor donde puedes comprar hasta lo inimaginable, puestos de zumo y frutas; y otro por la noche, donde las tiendas dejan paso a puestos callejeros de comida donde las parrillas se mezclan con los stands de pescados y mariscos. Un lugar donde se mezclan los olores con el ruido y crean un ambiente único y una atmósfera particular no apta para escrupulosos. Decidimos que, a pesar de la expectación que nos despierta, tal vez no sea el mejor lugar para cenar dos occidentales pendientes de adaptación al país.







El siguiente trayecto lo hacemos en tuc-tuc, una especie de motocarros llenos de luces de neón. Legamos al mercado de las flores, el lugar más sorprendente de esta visita. Noemí nos regala una flor de loto, uno de los símbolos del budismo, para abrirla como hacen los locales como si fuera un ritual antes de ofrecerlas en los templos. Esta religión es seguida por más del 80% de los tailandeses, aunque en los últimos años ha habido una gran movilización de musulmanes en el sur del país que ha despertado gran preocupación entre los tailandeses. 


Entramos en el mercado y se abre ante nosotros un mundo de colores, composiciones, collares y olores. Podría decirse que es en la práctica un comercio al por mayor en torno a uno de los seres vivos  más bonitos de la naturaleza: las flores. Una mujer enhebra pacientemente flores en un collar, otra en cuclillas toma una especie de sopa, al fondo se escuchan voces de comerciantes alborotados, otra duerme en la parte trasera de un puesto. Es una ciudad dentro de la ciudad.








Era la hora de cenar, y que mejor lugar que la famosa calle de Khao San Road, conocida como la Calle de los Mochileros. Se trata de una calle que hace unos años se dedicaba al comercio del arroz hasta que, a un precio muy económico, se abrieron algunos hostales atrayendo a muchos mochileros. Hoy en día es una de los lugares con más ambiente de la vida nocturna de la ciudad. Paseamos por ella y entre tiendas de ropa y bares con música un vendedor nos ofrece escorpiones. Lo siento, no me atrevo a probarlos ¡Qué asco!. Encontramos un restaurante que nos resulta gracioso y decidimos cenar aquí.





Última parada. La calle Roja de Bangkok (Soi Cowboy). Volvemos al inicio de la visita, al prototipo de Tailandia como destino sexual. Noemí nos advierte que no saquemos fotos en este lugar. Decido guardar la cámara para no causar malestar a las chicas que se pasean por esta pequeña calle en tanga y sujetador mientras tratan de que entremos en el bar para el que trabajan. La guía nos acalara que "es la única calle de la ciudad donde las chicas pueden estar semidesnudas en la vía pública". La calle acaba muy cerca de la embajada española y el barrio de oficinas, donde también esta nuestro hotel. La visita acabó allí, donde cogimos de nuevo el Skytrain en la estación de Asok para regresar al hotel.

El día ha sido largo y nada más llegar nos hemos puesto manos a la obra. El primer contacto con Asia ha sido intenso, necesito tiempo para pensar en lo vivido y asimilar esta nueva cultura, esta forma de entender y vivir la vida.  






sábado, 25 de febrero de 2017

Rusia. De la inmensidad de Moscú...

Las gestiones ya estaba realizadas, la embajada Rusa había expedido mi visado y el mayorista sacado mis billetes. Tocaba ponerse a trabajar. Este viaje no era un viaje de placer, como guía acompañante me habían destinado a un circuito por Rusia que cubría las ciudades de Moscú y San Petersburgo.  Aunque confuso por el desconocimiento, estaba emocionado por conocer uno de los países más importantes del mundo.

En un vuelo internacional de Iberia, mi grupo viajaba conmigo aunque aun no los tenía identificados. Llegamos puntualmente al Aeropuerto Internacional Domodedovo (DME), uno de los cinco que tiene solo Moscú y que se encuentra a unos 35 kilómetros al sur-este de la ciudad. Los trámites burocráticos fueron bastante rápidos en contra de lo que había estimado y a la salida ya estaban dos guías rusas con sendos carteles para llamar la atención de mi grupo. Antes de la llegada de los clientes aproveché para coordinar con las guías receptivas, y mi sorpresa fue mayúscula. “Nosotras nos encargamos de todo” no pude evitar preguntarme qué pintaba yo allí entonces y ellas al ver mi cara rápidamente me aclararon cual era mi papel. Los guías extranjeros aquí no pueden trabajar, el mayorista me había enviado para comprobar que todo se hacía según el programa y pulsar el grado de satisfacción de los clientes. 

Estábamos en una ciudad con más de 14 millones de habitantes y eso se nota en las distancias, el tráfico, los atascos…etc. Las cosas habían mejorado mucho, “Se han puesto las pilas”, nos comentaba nuestra guía en relación a la frenética actividad de remodelación y mejora de las vías de comunicación y transporte público de cara a la Copa del Mundo del Fútbol 2018. “El Fútbol mueve montañas” pensé en ese momento.

Tras una hora y cuarto de trayecto llegamos al Hotel Izmailovo, un enorme complejo de varios edificios dentro del cual nosotros estábamos en el bloque Delta. Dejamos los pasaportes en la recepción y fuimos a nuestras habitaciones. Me sorprendió el control que había en los ascensores, algo habitual en los hoteles en todo el país.

Amanecía en Moscú. La noche había sido horrible en aquel colchón y sus férreos muelles. Tras el desayuno nos reunimos y fuimos al centro para hacer una visita panorámica de la ciudad, pero de  momento nada de autobús. Nuestra visita iba a empezar por uno de los atractivos más impresionantes de la ciudad: el metro. Nos dirigimos a la estación Partizanskaya (Linea 3), que estaba a escasos metros del hotel, para ir a las estaciones más representativas a través del subterráneo. Lo primero que me sorprendió fue la arquitectura de la propia estación. Era un sobrio y grandioso templete de estilo soviético decorado en su interior con imponentes grupos escultóricos que hacía referencia a la época comunista. “¿Será este el motivo por el que se les llama Palacio Subterráneo?” reflexioné en mis adentros. Como si estuviera dotada de poderes mágicos la guía aclaró en su explicación que “El nombre de Palacio Subterráneo viene dado por la decoración, ornato y suntuosidad con la que algunas de ellas están decoradas”. Rápidamente me di cuenta que hacerse esa pregunta debía ser muy habitual.

La primera línea de metro de la ciudad fue inaugurada en 1935 con solo diez estaciones. Hoy en día cuenta con 172, a la espera de una importante ampliación con el anillo circular exterior que pretende descongestionar el suburbano más transitado del mundo. A modo práctico podríamos destacar tres cosas: en primer lugar su bajo precio (0,25€ al cambio), en segundo lugar la ensordecedora velocidad de los trenes y por último que toda la información está en alfabeto cirílico.

Continuemos con la visita. Durante la guerra fría había una gran temor a un posible ataque a la ciudad y se pensó que el metro podría servir de refugio antiaéreo, por este motivo las estaciones son muy profundas, con escaleras mecánicas interminables.

Si nos ceñimos a la belleza arquitectónica y decorativa, podríamos destacar varias estaciones haciendo una clasificación en función de las diferentes disciplinas de artes  aplicadas. Por un lado encontramos la estación de Novoslabódskaya, decorada con 32 vidrieras y lámparas de latón. La estación Kíyevskaya, recibe el nombre de la concurrida estación de trenes que salen hacia Kiev. Está decorada con enormes pinturas que aluden a la unión de Rusia y Ucrania. En la parada de Komsomólskaya encontramos ocho espléndidos mosaicos en la bóveda de los andenes, que versan sobre la lucha del pueblo ruso por su independencia. Por último, Plaza de la Revolución, a cinco minutos de la Plaza Roja, con esculturas de bronce. De todas ellas debemos destacar un perro al que todos tocan el hocico para atraer la buena suerte.

Volvimos a la superficie y nos desplazamos a pie hasta la Plaza Roja, uno de los lugares más representativos de la ciudad, que si bien no lucía en su plenitud por estar ocupada por unas gradas para el Festival de Bandas Militares (Encontrar cualquier tipo de instalación en esta plaza es habitual. Aunque luce menos de cara al turismo, los espectáculos adquieren un aire especial). Estas gradas tapaban el famoso cenotafio de Lenin que no pudimos visitar.

Desde este lugar pudimos contemplar varios de los edificios emblemáticos de la ciudad. Por un lado los Almacenes Gum, con sus fachadas decoradas con decenas de bombillas blancas. Justo en frente, los muros del Kremblin. En uno de los extremos el Museo de Historia con su imponente arquitectura roja que da nombre a la plaza  y en el opuesto, la Catedral de la Intercesión de la Virgen, más comúnmente conocida como la Catedral de San Basilio. Sus cúpulas de colores resplandecían y resaltaban sobre el cielo azul. “No hay tiempo para entrar” y es que en las visitas panorámicas, el interior de los edificios hay que reservarlo para otro momento.

Ya en el autobús descendimos hacía el Rio Moscova y recorriendo su cauce nos dirigimos a la Catedral de Cristo Salvador, con apenas diecisiete años de historia. En este emplazamiento había una iglesia de 1812 inspirada en Santa Sofía de Estambul para conmemorar la salida de Napoleón de Rusia. Tras el triunfo de la Revolución Soviética en 1917 fue destruida para dedicar el solar al Palacio de los Soviets que nunca se llego a terminar. Sobre los cimientos de esta mole hoy se levanta este imponente edificio ortodoxo.

La siguiente parada fue en una tienda de recuerdos con la escusa de darnos una degustación de la bebida nacional: El Vodcka. En la tienda había Matrioskas de todos los tamaños, colores y estilos. Me llamaron la atención unas que representaban los jugadores del Real Madrid o el Barça, según ibas abriendo aprecía toda la equipación, amén de aquellas que repasaban los diferentes presidentes de la Federación Rusa (Antes Unión Soviética) con Vladimir Putin como figura principal.

Siguiendo los meandros del Moscova bordeamos el Monasterio de Novodévichi, un bellísimo complejo fundado en 1524, que más tarde Iván “El Terrible y Pedro “El Grande”, convertirían en misericordiosa cárcel para las esposas de los nobles rebeldes de su imperio. De todo el conjunto destaca el inmenso cementerio con casi treinta mil tumbas. Aquí descansa por ejemplo, el presidente Boris Yeltsin. Hicimos una pequeña parada/foto para acercarnos a un pequeño lago que hay en la parte trasera del monasterio en el que se reflejan sus murallas y sus cúpulas doradas. La guía nos bromea “En Rusia sí que es oro todo lo que reluce”.

Ya era mediodía y tras una mañana repleta hicimos parón para comer cerca de la Plaza Roja. Después de reponer fuerzas fuimos dando un paseo hasta la entrada del Kremlin para visitarlo por dentro. El Kremlin es un conjunto de edificios, cuatro civiles y cuatro catedrales,  donde está la sede del gobierno de la Federación Rusa. Me llamó la atención las medidas de seguridad. Las turistas cuentan con unas zonas delimitadas para caminar y el salirse de ellas es motivo de expulsión. La guía nos señala “En ese edificio trabaja Putin”. Un poco más adelante nos muestran el helipuerto construido para desplazarse desde su residencia a las afueras de la ciudad hasta su despacho.

El segundo día en Moscú el grupo tenía tiempo libre para disfrutar de la ciudad y poder regresar a algunos edificios para visitarlos en su interior. Por la noche, asistimos a un espectáculo de Folklore, en el que una compañía del norte del país hacía un repaso a toda la tradición musical de la Federación Rusa. Una representación realmente conmovedora y con un nivel artístico digno de aplauso.
Nuestra estancia en Moscú se acababa y, tras aprovechar la mañana del tercer día para hacer algunas compras en un mercado de artesanía y recuerdos cercano al hotel, nos reunimos para ir al Aeropuerto. San Petersburgo nos estaba esperando…


Aeropuerto Internacional Domodedovo


Vista desde la habitación Izmailovo
Plano Metro de Moscú


Estación de Partizanskaya

Estación de Komsomólskaya

Estación de Komsomólskaya

Estación de Komsomólskaya

estación Kíyevskaya

Estación Kíyevskaya

Estación de la Plaza de la Revolución

Museo de Historia. Plaza Roja

Catedral de San Basilio

Kremlin

Kremlin
Almacenes Gum

Teatro Boshoy

Almacenes Gum


viernes, 10 de febrero de 2017

Cuba. Cayo Santa Maria

Viene de la publicación anterior


El resto de días en La Habana visitamos la ciudad por nuestra cuenta. La mañana siguiente amaneció con una impresionante tormenta que dejó paso un cielo de extraña luminosidad. Cogimos un ciclotaxi para que nos llevara por el Malecón hasta La Catedral (No la habíamos visto por dentro). La lluvia había dejado inmensos charcos y nuestro taxista hábilmente nos metió de cabeza en uno de ellos volcando aquel aparatoso carromato. Superado el incidente, y temiendo el posible resfriado por la mojadura, seguimos viaje hasta que nuestro conductor nos dijo “Ahí al fondo etá la Catedral”. Nos fiamos de su información, le pagamos y nos bajamos. Nada más lejos de la realidad. El intrépido chófer se había cansado de darle al pedal y había considerado que estábamos suficientemente cerca de nuestro destino.

Volvimos a recorrer esas calles que nos habían conmocionado tanto, esta vez a pie. La sensación era otra. Mi acompañante me pregunta por qué no hago fotos. Prefiero no llamar mucho la atención. Nos asomamos a un portal y una voz desde la otra acera nos dice: “¡A quien bucan utedes!. Esa e mi casa”. Sin saber cuál era la intención de su comentario, pensando que podía haber sentido invadida su intimidad,  le hago un gesto de disculpas y proseguimos la caminata.

Toca madrugar. Era hora de ir a la playa y descansar antes de volver a España. Un bus nos espera para trasladarnos al aeropuerto donde cogeríamos un vuelo interno para ir a Cayo Santa María. La guía que viene con el autobús me llama la atención ¡Es francesa!. La guagua se para en un sitio oscuro, inhóspito y vacío. La señora indica por el micrófono que hemos llegado. Nos miramos extrañados y nos comenzamos a reír al comprobar que se trataba de una suerte de tendejón que hacía las veces de terminal de Transgaviota. 

Las azafatas me llamaron poderosamente la atención. Cada una daba tu toque personal al uniforme verde de la compañía. Unas con sus medias de encaje, otra con sus chanclas y otra por llevar una camiseta rosa fosforita. Hacemos el check In y tenemos que pagar exceso de equipaje, parece que en vuelos internos el peso es más restringido que en los internacionales. Tras esperar en una desangelada sala donde aprovechamos para dormir un poco (Todavía era de noche), hacen la llamada de embarque. Salimos por una puerta a un descampado donde la vegetación crece y por un estrecho y tosco camino de hormigón llegamos a la pista de despegue.

El vuelo en aquel ruidoso avión de hélices fue muy desagradable. El aire acondicionado estaba al máximo y no teníamos ropa de abrigo. Cuando estábamos llegando a nuestro destino ya había amanecido y a través de las diminutas ventanillas podíamos ver lo maravilloso del paisaje cubano. Imponentes manglares rodeados de mar sin atisbo de intervención humana. Aterrizamos en el aeropuerto de Cayo Las Brujas, de igual tamaño que el anterior aunque en mejores condiciones.

Tras esperar un rato el autobús, comenzamos nuestra ruta por diferentes complejos y resorts, pasando de un cayo a otro por una carretera construida sobre el mar. Nuestro hotel era Warwik Cayo Santa María que es uno de los más nuevos. Estéticamente era agradable, sin embargo, este tipo de complejos en Cuba no son comparables con los de otros lugares turísticos. Lo más bonito era la playa, aunque las tormentas propias de esta época del año nos impidió disfrutarla en su plenitud.

El segundo día de nuestra estancia decidimos hacer una de las excursiones programadas por el tour operador (Travelplan). Nuestra  intención era conocer Trinidad, pero por falta de aforo tuvimos que visitar solo Remedios y Santa Clara. “Otro motivo para volver a Cuba” pensé.

Salimos muy temprano. La primera parada fue en el Museo de la Agroindustria Azucarera en Caibarién. Este museo muestra la evolución del procesado de la caña de azúcar, desde la mano de obra esclava hasta las maquinas de vapor. El patrimonio industrial que conserva es de gran importancia. Tras la visita viajamos a Remedios por la línea férrea que une las dos ciudades desde 1851. Un tren de vapor que dejaba atrás humildes casas rurales entre el ruido y el humo.

En Remedios aprovechamos para escaparnos del grupo y visitar por nuestra cuenta algunas casas coloniales. El guía nos recomendó visitar la Casa de los Cueto. El apellido nos resultaba familiar (dos de mis primos se apellidan Cueto). Nos acercamos a la casa y tras explicarle a la chica rubia que nos abrió la puerta nuestros intereses, nos invitó amablemente a pasar. Nos indicó que era una alegría para ella recibirnos, su abuela era asturiana y guardaba mucho cariño a nuestra tierra.

Descubrimos un inmueble, hoy convertido en hotel, que albergaba un sinfín de muebles dignos de encabezar cualquier museo colonial. Pasamos por el comedor, desde donde se abrían grandes ventanales a un patio interior donde el sonido de una relajante fuerte captaba toda mi atención.  Entramos en otra estancia a oscuras. La anfitriona abrió las contraventanas y pronto se iluminó un salón propio de una película de época. En una de las esquinas un maravilloso piano de cola. Al acabar la visita quisimos darle una pequeña propina por las molestias y la señora ruborizada nos indicó que no era necesario.

Nos volvimos a reunir con el grupo y fuimos a comer a una especie de palapa donde nos esperaba un asado muy aceptable. Una pandilla de gatos merodeaba pacientemente esperando por las sobras.

Tras la comida fuimos a Santa Clara. Comenzamos la visita por el cenotafio del Che, una de las figuras primordiales de la Revolución.  Me llamó la atención lo poco ostentoso del conjunto arquitectónico para la importancia de la figura que custodia. Descubrimos que el acceso a la tumba estaba cerrado y custodiado por varios soldados. El guía nos informa que “a veces pasa esto, nunca sabemos cuando la pueden cerrar, y mucho menos el motivo”. No cabe la queja.

Fuimos al centro de Santa Clara y allí aprovechamos para hacer algunas compras. Descubrí un puesto ambulante que tenía sandalias de cuero “¡Que buen regalo para algunos amigos!”. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el comerciante no me las quería vender, si no cambiarlas por mis playeros Nike de imitación. El chico me comentó que allí no eran fácil de conseguir. Yo le insistí que no eran auténticos ante su estupor. Al final accedía al trato.

La visita había acabado y volvíamos al hotel agotados a pesar de ser las seis de la tarde. Solo nos quedaban dos días en esta paradisíaca isla. El tiempo no era el mejor y mi estómago comenzaba a quejarse, típico mal del turista en Cuba. Era tiempo de descansar y tomar el sol. 
















viernes, 3 de febrero de 2017

Cuba. La naturaleza de Artemisa

Viene de la publicación anterior

Las horas pasaban en la oscuridad de la habitación. No era capaz a adaptarme al cambio horario. Me dio tiempo a recapacitar sobre la cena de esa noche: “¿Cómo podía haber tanta diferencia de precio con respecto al Paladar de la primera noche?” y sobre todo “¿Cómo nuestra comanda podía haber costado tan solo cuarenta euros?. Son las contradicciones de un lugar tan singular como Cuba” traté de responderme y de dormir para aguantar el planing del día siguiente.

Tras el desayuno nos volvimos a encontrar con Tony. Justo delante del hotel estaba también Jorge que nos saludó efusivamente. Nos subimos en nuestro coche y tomamos rumbo. Hoy nuestra aventura nos alejaba de La Habana para adentrarnos en la provincia de Artemisa, y lo hacia con cierto miedo a descubrir como vivían los cubanos en el medio rural. El día anterior había sido testigo de cómo era la vida en la capital, de las grandes necesidades y las deficiencias que presentaban los medios habitacionales en la ciudad. No debemos tener prejuicios, Cuba siempre te sorprende.

Saliendo de La Habana por la Quinta Avenida, enlazamos rápidamente con la Autovía 4 en dirección Pinar del Rio. En el camino dejamos la derecha una vasta parcela en la que llamaban la atención las medidas de seguridad y la poca visibilidad hacia su interior. Nuestro guía nos advierte que no hagamos fotos. “Aquí no se puede parar. Es la residencia de los Castro”. La pregunta pasa antes por mi boca que por mi cabeza: “¿Cómo será por dentro?”. Nadie lo sabe. Desde el exterior solo se aprecia un cierre vegetal, soldados apostados cada ciertos metros y garitas en las sobresalen cámaras de seguridad.

El viaje prosigue. En la carretera adelantamos camionetas cargadas de gente en la parte trasera. En los arcenes se ven vendedores de cocos o dulce de Guayaba. A pocos kilómetros un coche averiado espera al mecánico. Tomamos el desvío hacia Soroa y la llegada lo primero que visitamos es el Orquidiario. Noviembre no es la mejor época para visitar un lugar como este ya que son pocas las plantas que están en floración. Sin embargo, merece la pena adentrarse en esta antigua finca, hoy convertida en un hermoso jardín botánico con más de 18.000 especies diferentes. fue creada en 1943 por Tomás Felipe Camacho, un emigrante canario. 

Después comenzamos una expedición por la zona boscosa para bajar al río y apreciar un hermoso Salto de Agua. No he traído el bañador y lo lamento. La gente se baña en el remanso de agua que genera la intensidad de la cascada. El sonido del agua es muy relajante y, tras hacer varias fotos, nos sentamos en una roca antes de regresar al coche para continuar la ruta.

Continuamos por la misma carretera y vemos a un grupo de niños uniformados jugar alegremente. Están en el recreo. El colegio no es más que dos estancias con cubierta de uralita. Recordé mis miedos a entrar en el medio rural de primera hora de la mañana y me di cuenta que la vida era mucho más agradable y llevadera aquí que en la ciudad. La comparación fue inevitable: En España, en el escalofriante escenario tras la Guerra Civil, ¿Dónde fue más fácil la supervivencia en la ciudad o en el campo?. Aquí la tierra es fértil y te da una riqueza que en la ciudad es inimaginable.

Llegamos a la entrada del Rancho Buenavista, uno de los cafetales más grandes de la zona. Subimos por una carretera estrecha y llegamos a un rellano donde se abría una impresionante vista a lo que había sido en su día una imponente plantación de café. Se conservan los cimientos de las plataformas para tratar las plantas tras la recolección y una especie de molino de madera que era empujado por varios esclavos. ¿Dónde vivirían estos trabajadores?, y sobre todo ¿Cómo?. A penas nos podemos hacer una idea de cómo eran sus estancias observando unos muros que nos hacen imaginar habitaciones largas y estrechas. La esclavitud fue abolida en Cuba en 1886.

Del conjunto arquitectónico solo quedan en pie la casa de los patrones hoy convertida en restaurante. Entramos para hacernos una idea de cómo era el estilo de la construcción. Había bastantes personas comiendo y un grupo de músicos les amenizaban. Uno de los componentes comenzó a cantar y una extraña emoción invadió todo mi cuerpo. Su vez era espectacular y su rostro expresaba sentir cada una de las notas que brotaban de su garganta. No había acabado la canción cuando un “¿Vamos?” me hizo tener que proseguir el viaje. El chico se dio cuenta que me había emocionado con su canción y me dijo adiós.

Nos dirigíamos a Baños de San Juan. Un maravilloso paraje natural donde van muchos locales a pasar el domingo en familia. Era nuestra parada para comer. Mientras lo hacíamos observamos como un grupo de señores transportaban mercancía de orilla a orilla del río San Juan colgada de un cable tensado. Los puentes son inexistentes en esta zona, pero la necesidad es el mayor aliando para el ingenio.

Regresamos sobre nuestros pasos y paramos a visitar Las Terrazas, una pequeña aldea dedicada al turismo rural sostenible, promovido desde 1971 dentro de la declaración de la Sierra de Rosario como Reserva de la Biosfera por la UNESCO. De todo el conjunto me llamó especialmente la atención el Hotel Moka, en el que la moderna arquitectura respeta la naturaleza previa, siendo ésta la autentica protagonista. De esta zona era natural Polo Montañez, un icono de la música cubana, fallecido en un accidente de tráfico en 2002. 

Estamos cansados y emprendemos el camino de regreso a la ciudad. El conductor sigue junto a su coche averiado esperando la asistencia. A pesar de haber pasado varias horas parece estar tranquilo. Unos atletas entrenan por el arcén. A pocos metros vemos un gran lago y detrás unos edificios, son las instalaciones deportivas del estado para deportistas nacionales. Nuestro coche ha comenzado a hacer un ruido un tanto extraño. Un poco más alejado se ve otro conjunto de edificios, es un centro de investigación científico donde se hacen ensayos clínicos para nuevos medicamentos. 

Entramos en la ciudad y otros conductores nos interpelan. Tony bajó la ventanilla y un motorista  le explicaban algo mientras le señalaban la parte trasera del vehículo. Nos apartamos y se bajó para hacer unas comprobaciones. Cuando volvió a subir tenía el mismo semblante, no parecía preocupado a pesar de comunicarnos que se le había roto una pieza del eje trasero. No le dio mucha importancia, su yerno es un manitas y esa misma noche se lo arreglaría para poder trabajar al día siguiente.

Anochecía en la capital. Me iba adaptando a la realidad del lugar y estaba mucho más receptivo. Habíamos visitado sitios maravillosos y por falta de tiempo habíamos dejado otros muchos que ya me prometía visitar en un futuro regreso a este paradisíaco destino. 


Orquidiario de Soroa




Orquidiario de Soroa
Saltos de Soroa







Molido del Rancho Buenavista


Ruinas de las estancias de los esclavos. Rancho Buenavista
Hotel Moka. Las Terrazas

Interior del Hotel Moka. Las Terrazas