viernes, 3 de febrero de 2017

Cuba. La naturaleza de Artemisa

Viene de la publicación anterior

Las horas pasaban en la oscuridad de la habitación. No era capaz a adaptarme al cambio horario. Me dio tiempo a recapacitar sobre la cena de esa noche: “¿Cómo podía haber tanta diferencia de precio con respecto al Paladar de la primera noche?” y sobre todo “¿Cómo nuestra comanda podía haber costado tan solo cuarenta euros?. Son las contradicciones de un lugar tan singular como Cuba” traté de responderme y de dormir para aguantar el planing del día siguiente.

Tras el desayuno nos volvimos a encontrar con Tony. Justo delante del hotel estaba también Jorge que nos saludó efusivamente. Nos subimos en nuestro coche y tomamos rumbo. Hoy nuestra aventura nos alejaba de La Habana para adentrarnos en la provincia de Artemisa, y lo hacia con cierto miedo a descubrir como vivían los cubanos en el medio rural. El día anterior había sido testigo de cómo era la vida en la capital, de las grandes necesidades y las deficiencias que presentaban los medios habitacionales en la ciudad. No debemos tener prejuicios, Cuba siempre te sorprende.

Saliendo de La Habana por la Quinta Avenida, enlazamos rápidamente con la Autovía 4 en dirección Pinar del Rio. En el camino dejamos la derecha una vasta parcela en la que llamaban la atención las medidas de seguridad y la poca visibilidad hacia su interior. Nuestro guía nos advierte que no hagamos fotos. “Aquí no se puede parar. Es la residencia de los Castro”. La pregunta pasa antes por mi boca que por mi cabeza: “¿Cómo será por dentro?”. Nadie lo sabe. Desde el exterior solo se aprecia un cierre vegetal, soldados apostados cada ciertos metros y garitas en las sobresalen cámaras de seguridad.

El viaje prosigue. En la carretera adelantamos camionetas cargadas de gente en la parte trasera. En los arcenes se ven vendedores de cocos o dulce de Guayaba. A pocos kilómetros un coche averiado espera al mecánico. Tomamos el desvío hacia Soroa y la llegada lo primero que visitamos es el Orquidiario. Noviembre no es la mejor época para visitar un lugar como este ya que son pocas las plantas que están en floración. Sin embargo, merece la pena adentrarse en esta antigua finca, hoy convertida en un hermoso jardín botánico con más de 18.000 especies diferentes. fue creada en 1943 por Tomás Felipe Camacho, un emigrante canario. 

Después comenzamos una expedición por la zona boscosa para bajar al río y apreciar un hermoso Salto de Agua. No he traído el bañador y lo lamento. La gente se baña en el remanso de agua que genera la intensidad de la cascada. El sonido del agua es muy relajante y, tras hacer varias fotos, nos sentamos en una roca antes de regresar al coche para continuar la ruta.

Continuamos por la misma carretera y vemos a un grupo de niños uniformados jugar alegremente. Están en el recreo. El colegio no es más que dos estancias con cubierta de uralita. Recordé mis miedos a entrar en el medio rural de primera hora de la mañana y me di cuenta que la vida era mucho más agradable y llevadera aquí que en la ciudad. La comparación fue inevitable: En España, en el escalofriante escenario tras la Guerra Civil, ¿Dónde fue más fácil la supervivencia en la ciudad o en el campo?. Aquí la tierra es fértil y te da una riqueza que en la ciudad es inimaginable.

Llegamos a la entrada del Rancho Buenavista, uno de los cafetales más grandes de la zona. Subimos por una carretera estrecha y llegamos a un rellano donde se abría una impresionante vista a lo que había sido en su día una imponente plantación de café. Se conservan los cimientos de las plataformas para tratar las plantas tras la recolección y una especie de molino de madera que era empujado por varios esclavos. ¿Dónde vivirían estos trabajadores?, y sobre todo ¿Cómo?. A penas nos podemos hacer una idea de cómo eran sus estancias observando unos muros que nos hacen imaginar habitaciones largas y estrechas. La esclavitud fue abolida en Cuba en 1886.

Del conjunto arquitectónico solo quedan en pie la casa de los patrones hoy convertida en restaurante. Entramos para hacernos una idea de cómo era el estilo de la construcción. Había bastantes personas comiendo y un grupo de músicos les amenizaban. Uno de los componentes comenzó a cantar y una extraña emoción invadió todo mi cuerpo. Su vez era espectacular y su rostro expresaba sentir cada una de las notas que brotaban de su garganta. No había acabado la canción cuando un “¿Vamos?” me hizo tener que proseguir el viaje. El chico se dio cuenta que me había emocionado con su canción y me dijo adiós.

Nos dirigíamos a Baños de San Juan. Un maravilloso paraje natural donde van muchos locales a pasar el domingo en familia. Era nuestra parada para comer. Mientras lo hacíamos observamos como un grupo de señores transportaban mercancía de orilla a orilla del río San Juan colgada de un cable tensado. Los puentes son inexistentes en esta zona, pero la necesidad es el mayor aliando para el ingenio.

Regresamos sobre nuestros pasos y paramos a visitar Las Terrazas, una pequeña aldea dedicada al turismo rural sostenible, promovido desde 1971 dentro de la declaración de la Sierra de Rosario como Reserva de la Biosfera por la UNESCO. De todo el conjunto me llamó especialmente la atención el Hotel Moka, en el que la moderna arquitectura respeta la naturaleza previa, siendo ésta la autentica protagonista. De esta zona era natural Polo Montañez, un icono de la música cubana, fallecido en un accidente de tráfico en 2002. 

Estamos cansados y emprendemos el camino de regreso a la ciudad. El conductor sigue junto a su coche averiado esperando la asistencia. A pesar de haber pasado varias horas parece estar tranquilo. Unos atletas entrenan por el arcén. A pocos metros vemos un gran lago y detrás unos edificios, son las instalaciones deportivas del estado para deportistas nacionales. Nuestro coche ha comenzado a hacer un ruido un tanto extraño. Un poco más alejado se ve otro conjunto de edificios, es un centro de investigación científico donde se hacen ensayos clínicos para nuevos medicamentos. 

Entramos en la ciudad y otros conductores nos interpelan. Tony bajó la ventanilla y un motorista  le explicaban algo mientras le señalaban la parte trasera del vehículo. Nos apartamos y se bajó para hacer unas comprobaciones. Cuando volvió a subir tenía el mismo semblante, no parecía preocupado a pesar de comunicarnos que se le había roto una pieza del eje trasero. No le dio mucha importancia, su yerno es un manitas y esa misma noche se lo arreglaría para poder trabajar al día siguiente.

Anochecía en la capital. Me iba adaptando a la realidad del lugar y estaba mucho más receptivo. Habíamos visitado sitios maravillosos y por falta de tiempo habíamos dejado otros muchos que ya me prometía visitar en un futuro regreso a este paradisíaco destino. 


Orquidiario de Soroa




Orquidiario de Soroa
Saltos de Soroa







Molido del Rancho Buenavista


Ruinas de las estancias de los esclavos. Rancho Buenavista
Hotel Moka. Las Terrazas

Interior del Hotel Moka. Las Terrazas



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