sábado, 25 de febrero de 2017

Rusia. De la inmensidad de Moscú...

Las gestiones ya estaba realizadas, la embajada Rusa había expedido mi visado y el mayorista sacado mis billetes. Tocaba ponerse a trabajar. Este viaje no era un viaje de placer, como guía acompañante me habían destinado a un circuito por Rusia que cubría las ciudades de Moscú y San Petersburgo.  Aunque confuso por el desconocimiento, estaba emocionado por conocer uno de los países más importantes del mundo.

En un vuelo internacional de Iberia, mi grupo viajaba conmigo aunque aun no los tenía identificados. Llegamos puntualmente al Aeropuerto Internacional Domodedovo (DME), uno de los cinco que tiene solo Moscú y que se encuentra a unos 35 kilómetros al sur-este de la ciudad. Los trámites burocráticos fueron bastante rápidos en contra de lo que había estimado y a la salida ya estaban dos guías rusas con sendos carteles para llamar la atención de mi grupo. Antes de la llegada de los clientes aproveché para coordinar con las guías receptivas, y mi sorpresa fue mayúscula. “Nosotras nos encargamos de todo” no pude evitar preguntarme qué pintaba yo allí entonces y ellas al ver mi cara rápidamente me aclararon cual era mi papel. Los guías extranjeros aquí no pueden trabajar, el mayorista me había enviado para comprobar que todo se hacía según el programa y pulsar el grado de satisfacción de los clientes. 

Estábamos en una ciudad con más de 14 millones de habitantes y eso se nota en las distancias, el tráfico, los atascos…etc. Las cosas habían mejorado mucho, “Se han puesto las pilas”, nos comentaba nuestra guía en relación a la frenética actividad de remodelación y mejora de las vías de comunicación y transporte público de cara a la Copa del Mundo del Fútbol 2018. “El Fútbol mueve montañas” pensé en ese momento.

Tras una hora y cuarto de trayecto llegamos al Hotel Izmailovo, un enorme complejo de varios edificios dentro del cual nosotros estábamos en el bloque Delta. Dejamos los pasaportes en la recepción y fuimos a nuestras habitaciones. Me sorprendió el control que había en los ascensores, algo habitual en los hoteles en todo el país.

Amanecía en Moscú. La noche había sido horrible en aquel colchón y sus férreos muelles. Tras el desayuno nos reunimos y fuimos al centro para hacer una visita panorámica de la ciudad, pero de  momento nada de autobús. Nuestra visita iba a empezar por uno de los atractivos más impresionantes de la ciudad: el metro. Nos dirigimos a la estación Partizanskaya (Linea 3), que estaba a escasos metros del hotel, para ir a las estaciones más representativas a través del subterráneo. Lo primero que me sorprendió fue la arquitectura de la propia estación. Era un sobrio y grandioso templete de estilo soviético decorado en su interior con imponentes grupos escultóricos que hacía referencia a la época comunista. “¿Será este el motivo por el que se les llama Palacio Subterráneo?” reflexioné en mis adentros. Como si estuviera dotada de poderes mágicos la guía aclaró en su explicación que “El nombre de Palacio Subterráneo viene dado por la decoración, ornato y suntuosidad con la que algunas de ellas están decoradas”. Rápidamente me di cuenta que hacerse esa pregunta debía ser muy habitual.

La primera línea de metro de la ciudad fue inaugurada en 1935 con solo diez estaciones. Hoy en día cuenta con 172, a la espera de una importante ampliación con el anillo circular exterior que pretende descongestionar el suburbano más transitado del mundo. A modo práctico podríamos destacar tres cosas: en primer lugar su bajo precio (0,25€ al cambio), en segundo lugar la ensordecedora velocidad de los trenes y por último que toda la información está en alfabeto cirílico.

Continuemos con la visita. Durante la guerra fría había una gran temor a un posible ataque a la ciudad y se pensó que el metro podría servir de refugio antiaéreo, por este motivo las estaciones son muy profundas, con escaleras mecánicas interminables.

Si nos ceñimos a la belleza arquitectónica y decorativa, podríamos destacar varias estaciones haciendo una clasificación en función de las diferentes disciplinas de artes  aplicadas. Por un lado encontramos la estación de Novoslabódskaya, decorada con 32 vidrieras y lámparas de latón. La estación Kíyevskaya, recibe el nombre de la concurrida estación de trenes que salen hacia Kiev. Está decorada con enormes pinturas que aluden a la unión de Rusia y Ucrania. En la parada de Komsomólskaya encontramos ocho espléndidos mosaicos en la bóveda de los andenes, que versan sobre la lucha del pueblo ruso por su independencia. Por último, Plaza de la Revolución, a cinco minutos de la Plaza Roja, con esculturas de bronce. De todas ellas debemos destacar un perro al que todos tocan el hocico para atraer la buena suerte.

Volvimos a la superficie y nos desplazamos a pie hasta la Plaza Roja, uno de los lugares más representativos de la ciudad, que si bien no lucía en su plenitud por estar ocupada por unas gradas para el Festival de Bandas Militares (Encontrar cualquier tipo de instalación en esta plaza es habitual. Aunque luce menos de cara al turismo, los espectáculos adquieren un aire especial). Estas gradas tapaban el famoso cenotafio de Lenin que no pudimos visitar.

Desde este lugar pudimos contemplar varios de los edificios emblemáticos de la ciudad. Por un lado los Almacenes Gum, con sus fachadas decoradas con decenas de bombillas blancas. Justo en frente, los muros del Kremblin. En uno de los extremos el Museo de Historia con su imponente arquitectura roja que da nombre a la plaza  y en el opuesto, la Catedral de la Intercesión de la Virgen, más comúnmente conocida como la Catedral de San Basilio. Sus cúpulas de colores resplandecían y resaltaban sobre el cielo azul. “No hay tiempo para entrar” y es que en las visitas panorámicas, el interior de los edificios hay que reservarlo para otro momento.

Ya en el autobús descendimos hacía el Rio Moscova y recorriendo su cauce nos dirigimos a la Catedral de Cristo Salvador, con apenas diecisiete años de historia. En este emplazamiento había una iglesia de 1812 inspirada en Santa Sofía de Estambul para conmemorar la salida de Napoleón de Rusia. Tras el triunfo de la Revolución Soviética en 1917 fue destruida para dedicar el solar al Palacio de los Soviets que nunca se llego a terminar. Sobre los cimientos de esta mole hoy se levanta este imponente edificio ortodoxo.

La siguiente parada fue en una tienda de recuerdos con la escusa de darnos una degustación de la bebida nacional: El Vodcka. En la tienda había Matrioskas de todos los tamaños, colores y estilos. Me llamaron la atención unas que representaban los jugadores del Real Madrid o el Barça, según ibas abriendo aprecía toda la equipación, amén de aquellas que repasaban los diferentes presidentes de la Federación Rusa (Antes Unión Soviética) con Vladimir Putin como figura principal.

Siguiendo los meandros del Moscova bordeamos el Monasterio de Novodévichi, un bellísimo complejo fundado en 1524, que más tarde Iván “El Terrible y Pedro “El Grande”, convertirían en misericordiosa cárcel para las esposas de los nobles rebeldes de su imperio. De todo el conjunto destaca el inmenso cementerio con casi treinta mil tumbas. Aquí descansa por ejemplo, el presidente Boris Yeltsin. Hicimos una pequeña parada/foto para acercarnos a un pequeño lago que hay en la parte trasera del monasterio en el que se reflejan sus murallas y sus cúpulas doradas. La guía nos bromea “En Rusia sí que es oro todo lo que reluce”.

Ya era mediodía y tras una mañana repleta hicimos parón para comer cerca de la Plaza Roja. Después de reponer fuerzas fuimos dando un paseo hasta la entrada del Kremlin para visitarlo por dentro. El Kremlin es un conjunto de edificios, cuatro civiles y cuatro catedrales,  donde está la sede del gobierno de la Federación Rusa. Me llamó la atención las medidas de seguridad. Las turistas cuentan con unas zonas delimitadas para caminar y el salirse de ellas es motivo de expulsión. La guía nos señala “En ese edificio trabaja Putin”. Un poco más adelante nos muestran el helipuerto construido para desplazarse desde su residencia a las afueras de la ciudad hasta su despacho.

El segundo día en Moscú el grupo tenía tiempo libre para disfrutar de la ciudad y poder regresar a algunos edificios para visitarlos en su interior. Por la noche, asistimos a un espectáculo de Folklore, en el que una compañía del norte del país hacía un repaso a toda la tradición musical de la Federación Rusa. Una representación realmente conmovedora y con un nivel artístico digno de aplauso.
Nuestra estancia en Moscú se acababa y, tras aprovechar la mañana del tercer día para hacer algunas compras en un mercado de artesanía y recuerdos cercano al hotel, nos reunimos para ir al Aeropuerto. San Petersburgo nos estaba esperando…


Aeropuerto Internacional Domodedovo


Vista desde la habitación Izmailovo
Plano Metro de Moscú


Estación de Partizanskaya

Estación de Komsomólskaya

Estación de Komsomólskaya

Estación de Komsomólskaya

estación Kíyevskaya

Estación Kíyevskaya

Estación de la Plaza de la Revolución

Museo de Historia. Plaza Roja

Catedral de San Basilio

Kremlin

Kremlin
Almacenes Gum

Teatro Boshoy

Almacenes Gum