Las
gestiones ya estaba realizadas, la embajada Rusa había expedido mi visado y el
mayorista sacado mis billetes. Tocaba ponerse a trabajar. Este viaje no era un
viaje de placer, como guía acompañante me habían destinado a un circuito por
Rusia que cubría las ciudades de Moscú y San Petersburgo. Aunque confuso por el desconocimiento, estaba
emocionado por conocer uno de los países más importantes del mundo.
En un vuelo
internacional de Iberia, mi grupo viajaba conmigo aunque aun no los tenía
identificados. Llegamos puntualmente al Aeropuerto Internacional Domodedovo
(DME), uno de los cinco que tiene solo Moscú y que se encuentra a unos 35
kilómetros al sur-este de la ciudad. Los trámites burocráticos fueron bastante
rápidos en contra de lo que había estimado y a la salida ya estaban dos guías
rusas con sendos carteles para llamar la atención de mi grupo. Antes de la llegada
de los clientes aproveché para coordinar con las guías receptivas, y mi
sorpresa fue mayúscula. “Nosotras nos encargamos de todo” no pude evitar
preguntarme qué pintaba yo allí entonces y ellas al ver mi cara rápidamente me
aclararon cual era mi papel. Los guías extranjeros aquí no pueden trabajar, el
mayorista me había enviado para comprobar que todo se hacía según el programa y
pulsar el grado de satisfacción de los clientes.
Estábamos
en una ciudad con más de 14 millones de habitantes y eso se nota en las
distancias, el tráfico, los atascos…etc. Las cosas habían mejorado mucho, “Se
han puesto las pilas”, nos comentaba nuestra guía en relación a la frenética
actividad de remodelación y mejora de las vías de comunicación y transporte
público de cara a la Copa del Mundo del Fútbol 2018. “El Fútbol mueve montañas”
pensé en ese momento.
Tras una
hora y cuarto de trayecto llegamos al Hotel Izmailovo, un enorme complejo de
varios edificios dentro del cual nosotros estábamos en el bloque Delta. Dejamos
los pasaportes en la recepción y fuimos a nuestras habitaciones. Me sorprendió
el control que había en los ascensores, algo habitual en los hoteles en todo el
país.
Amanecía en
Moscú. La noche había sido horrible en aquel colchón y sus férreos muelles.
Tras el desayuno nos reunimos y fuimos al centro para hacer una visita
panorámica de la ciudad, pero de momento
nada de autobús. Nuestra visita iba a empezar por uno de los atractivos más
impresionantes de la ciudad: el metro. Nos dirigimos a la estación
Partizanskaya (Linea 3), que estaba a escasos metros del hotel, para ir a las
estaciones más representativas a través del subterráneo. Lo primero que me
sorprendió fue la arquitectura de la propia estación. Era un sobrio y grandioso
templete de estilo soviético decorado en su interior con imponentes grupos
escultóricos que hacía referencia a la época comunista. “¿Será este el motivo
por el que se les llama Palacio Subterráneo?” reflexioné en mis adentros. Como
si estuviera dotada de poderes mágicos la guía aclaró en su explicación que “El
nombre de Palacio Subterráneo viene dado por la decoración, ornato y
suntuosidad con la que algunas de ellas están decoradas”. Rápidamente me di
cuenta que hacerse esa pregunta debía ser muy habitual.
La primera
línea de metro de la ciudad fue inaugurada en 1935 con solo diez estaciones.
Hoy en día cuenta con 172, a la espera de una importante ampliación con el
anillo circular exterior que pretende descongestionar el suburbano más
transitado del mundo. A modo práctico podríamos destacar tres cosas: en primer lugar
su bajo precio (0,25€ al cambio), en segundo lugar la ensordecedora velocidad
de los trenes y por último que toda la información está en alfabeto cirílico.
Continuemos
con la visita. Durante la guerra fría había una gran temor a un posible ataque
a la ciudad y se pensó que el metro podría servir de refugio antiaéreo, por
este motivo las estaciones son muy profundas, con escaleras mecánicas
interminables.
Si nos
ceñimos a la belleza arquitectónica y decorativa, podríamos destacar varias
estaciones haciendo una clasificación en función de las diferentes disciplinas
de artes aplicadas. Por un lado
encontramos la estación de Novoslabódskaya, decorada con 32 vidrieras y
lámparas de latón. La estación Kíyevskaya, recibe el nombre de la concurrida
estación de trenes que salen hacia Kiev. Está decorada con enormes pinturas que
aluden a la unión de Rusia y Ucrania. En la parada de Komsomólskaya encontramos
ocho espléndidos mosaicos en la bóveda de los andenes, que versan sobre la
lucha del pueblo ruso por su independencia. Por último, Plaza de la Revolución,
a cinco minutos de la Plaza Roja, con esculturas de bronce. De
todas ellas debemos destacar un perro al que todos tocan el hocico para atraer
la buena suerte.
Volvimos a
la superficie y nos desplazamos a pie hasta la Plaza Roja, uno de los lugares
más representativos de la ciudad, que si bien no lucía en su plenitud por estar
ocupada por unas gradas para el Festival de Bandas Militares (Encontrar
cualquier tipo de instalación en esta plaza es habitual. Aunque luce menos de
cara al turismo, los espectáculos adquieren un aire especial). Estas gradas
tapaban el famoso cenotafio de Lenin que no pudimos visitar.
Desde este
lugar pudimos contemplar varios de los edificios emblemáticos de la ciudad. Por
un lado los Almacenes Gum, con sus fachadas decoradas con decenas de bombillas
blancas. Justo en frente, los muros del Kremblin. En uno de los extremos el
Museo de Historia con su imponente arquitectura roja que da nombre a la
plaza y en el opuesto, la Catedral de la
Intercesión de la Virgen, más comúnmente conocida como la Catedral de San
Basilio. Sus cúpulas de colores resplandecían y resaltaban sobre el cielo azul.
“No hay tiempo para entrar” y es que en las visitas panorámicas, el interior de
los edificios hay que reservarlo para otro momento.
Ya en el
autobús descendimos hacía el Rio Moscova y recorriendo su cauce nos dirigimos a
la Catedral de Cristo Salvador, con apenas diecisiete años de historia. En este
emplazamiento había una iglesia de 1812 inspirada en Santa Sofía de Estambul para
conmemorar la salida de Napoleón de Rusia. Tras el triunfo de la Revolución
Soviética en 1917 fue destruida para dedicar el solar al Palacio de los Soviets
que nunca se llego a terminar. Sobre los cimientos de esta mole hoy se levanta
este imponente edificio ortodoxo.
La
siguiente parada fue en una tienda de recuerdos con la escusa de darnos una
degustación de la bebida nacional: El Vodcka. En la tienda había Matrioskas de
todos los tamaños, colores y estilos. Me llamaron la atención unas que
representaban los jugadores del Real Madrid o el Barça, según ibas abriendo
aprecía toda la equipación, amén de aquellas que repasaban los diferentes
presidentes de la Federación Rusa (Antes Unión Soviética) con Vladimir Putin
como figura principal.
Siguiendo
los meandros del Moscova bordeamos el Monasterio de Novodévichi, un bellísimo
complejo fundado en 1524, que más tarde Iván “El Terrible y Pedro “El Grande”,
convertirían en misericordiosa cárcel para las esposas de los nobles rebeldes
de su imperio. De todo el conjunto destaca el inmenso cementerio con casi
treinta mil tumbas. Aquí descansa por ejemplo, el presidente Boris Yeltsin. Hicimos
una pequeña parada/foto para acercarnos a un pequeño lago que hay en la parte
trasera del monasterio en el que se reflejan sus murallas y sus cúpulas
doradas. La guía nos bromea “En Rusia sí que es oro todo lo que reluce”.
Ya era
mediodía y tras una mañana repleta hicimos parón para comer cerca de la Plaza
Roja. Después de reponer fuerzas fuimos dando un paseo hasta la entrada del
Kremlin para visitarlo por dentro. El Kremlin es un conjunto de edificios,
cuatro civiles y cuatro catedrales,
donde está la sede del gobierno de la Federación Rusa. Me llamó la
atención las medidas de seguridad. Las turistas cuentan con unas zonas
delimitadas para caminar y el salirse de ellas es motivo de expulsión. La guía
nos señala “En ese edificio trabaja Putin”. Un poco más adelante nos muestran
el helipuerto construido para desplazarse desde su residencia a las afueras de
la ciudad hasta su despacho.
El segundo
día en Moscú el grupo tenía tiempo libre para disfrutar de la ciudad y poder
regresar a algunos edificios para visitarlos en su interior. Por la noche,
asistimos a un espectáculo de Folklore, en el que una compañía del norte del
país hacía un repaso a toda la tradición musical de la Federación Rusa. Una
representación realmente conmovedora y con un nivel artístico digno de aplauso.
Nuestra
estancia en Moscú se acababa y, tras aprovechar la mañana del tercer día para
hacer algunas compras en un mercado de artesanía y recuerdos cercano al hotel, nos
reunimos para ir al Aeropuerto. San Petersburgo nos estaba esperando…
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| Aeropuerto Internacional Domodedovo |
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| Vista desde la habitación Izmailovo |
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| Plano Metro de Moscú |
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| Estación de Partizanskaya |
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| Estación de Komsomólskaya |
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| Estación de Komsomólskaya |
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| Estación de Komsomólskaya |
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| estación Kíyevskaya |
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| Estación Kíyevskaya |
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| Estación de la Plaza de la Revolución |
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| Museo de Historia. Plaza Roja |
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| Catedral de San Basilio |
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| Kremlin |
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| Kremlin |
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| Almacenes Gum |
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| Teatro Boshoy |
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| Almacenes Gum |
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