viernes, 27 de enero de 2017

Cuba. La Perla del Caribe


Tras once horas de vuelo, más de las esperadas por un cambio de ruta de AirEuropa, llegamos a La Habana. Había escuchado muchas historias sobre esta ciudad, apodada La Perla del Caribe. Historias de asturianos que habían tenido familia emigrada en Cuba y que tras el triunfo de al revolución habían vuelto a su tierra natal. Todo ello dio lugar a crearme una idílica imagen de La Habana; sin embargo, muchos años habían pasado y ya nada era lo mismo.

Lo primero pasar el control de pasaportes. “Buenas tardes. ¿Cómo se llama usted?” me interpelaba un policía que comparaba mi rostro con la foto de mi pasaporte.  “¿Ha visitado África en los últimos seis meses?” La pregunta me sorprendió de forma especial e inmediatamente recordé una noticia que había leído en El País, <<Cuba y los médicos contra el Ebola>> estábamos en plena fiebre contra esta temible enfermedad y las autoridades cubanas trataban de poner freno a un posible contagio en la isla.

El ritmo pausado del Caribe se hizo patente, y las maletas tardaron más de una hora en salir por una cinta que funcionaba de forma  intermitente. Una funcionaria señaló al hombre que pasó el control justo antes que yo. Me llamó la atención el motivo, el señor llevaba un micrófono, debía ser cantante, y a la par que lo sacaba de su estuche le decía que ese material debía declararlo en la aduana.

Ya era de noche, aun así la ropa se pegaba al cuerpo y los pulmones se me llenaban de aire caliente provocándome un gran sofoco. El trayecto desde el aeropuerto al Vedado me generó un  poco de angustia. Las calles estaba oscuras y las pocas farolas que alumbraban, lo hacían con una luz tenue, casi inexistente. De nuevo volví a recapacitar sobre comentarios que había leído en algunos foros en pro de la seguridad del país.

Finalmente, tras pasar por cinco o seis hoteles a dejar a otros turistas, llegamos al Hotel Capri. Tras hacer el check In y dejar las maletas en la habitación bajamos para cenar en un Paladar que nos habían recomendado en recepción.  A la salida del hotel un chico se nos acercó y nos preguntó  “¿Qué e lo que etán buscando?”, se presentó como Jorge y se ofreció a acompañarnos para que no nos perdiéramos.

Durante el trayecto nos ofreció todo tipo de servicios en la capital, desde ir con nosotros de fiesta, hasta  comer comida típica cubana en casa de su familia previo paso por el supermercado.  Incluso insinuó que en cuba podíamos encontrar de todo y para todos los gustos. Haciendo gala de la palabrería cubana, Jorge acabó sentándose con nosotros a beber un mojito y cenar una Ropa Vieja.  El precio, en el que iba incluida la comisión para nuestro inesperado comensal, nos resultó excesivo y nos temimos no haber llevado suficiente presupuesto para los próximos seis días.

Tras despertarme varias veces durante la noche con la sensación de haber dormido suficiente, cosas del cambio horario, llegó la mañana siguiente. Un desayuno buffet más que aceptable y ya nos estaba esperando fuera Tony y su antiquísimo 131 rojo para recorrer la ciudad. El era nuestro guía.  El espectáculo estaba a punto de comenzar y no sabíamos que lo que íbamos a vivir ese día nos quedaría grabado para siempre 

Nuestra ruta comenzó bajando al famoso Malecón bordeando el montículo donde se alza el paradigmático Hotel Nacional que data de 1930. Girando a la izquierda nos encontramos una suerte de mástiles vacíos que dejan entrever un edificio al fondo. Se trata de la embajada de los Estados Unidos de América y lo que encontramos justo delante es la Tribuna Anticapitalista José Martí. Desde que Fidel Castro ordenara construirlo en el año 2000, éste lugar ha sido protagonista de numerosas protestas de los cubanos contra Estados Unidos. Uno de las más famosas fueron las acontecidas a colación del caso de Elián González (El niño balsero).

Continuamos por el Malecón pasando por el Torreón de la Chorrera, entramos en la Quinta Avenida para hacer un recorrido por las embajadas. Entre los numerosos edificios diplomáticos me llamó la atención la Embajada de Rusia por su magnitud y la de Venezuela por la gran fotografía de Hugo Chavez que colgaba de la fachada. El tema fue muy recurrente y nuestro guía nos comentó que fue precisamente en un hospital cercano al Malecón habanero donde el político venezolano vino a tratar su cáncer. El tema político ya está encima de la mesa. Tratamos de sonsacarle su opinión sobre Fidel y Raúl Castro y aunque no esquivó nuestras preguntas tampoco nos dejó vez abiertamente su postura. Con el paso de las horas nos daremos cuenta que Tony va a tratar la historia de su país desde un punto de vista neutral para que nosotros saquemos nuestras propias opiniones.

Continuamos la visita entrando en una isla de pura naturaleza dentro de la urbe. A las orillas del Rio Almendares presenciamos el primer rito de santería. Un grupo de señoras con pañuelo en la cabeza y coloridos atuendos rodeaban un pollo recién sacrificado mientras una recitaba frases ininteligibles por la lejanía, otra agitaba una campanilla.

Después de este remanso de paz nos fuimos a la parte histórica de la ciudad: La Habana Vieja. El silencio durante el resto de la mañana se apoderó del auto. Nuestro guía nos llegó a preguntar si no nos gustaba como estaba haciendo su trabajo. Nada más lejos de la realidad. Y fue ésta, la realidad, la que nos cambió el semblante y paralizó los objetivos de nuestras cámaras.

Tal como si acabara de terminar una guerra, se abría ante nosotros una panorama de destrucción en todos y cada uno de los edificios que íbamos dejando a nuestro paso. El coche discurría por calles rectas jalonadas de vendedores que aglutinaban en sus puestos ambulantes frutas excesivamente maduras. Vamos sorteando socavones de obras que se han empezado sin atisbo de que lleguen a su fin. Tras un gran portal de época colonial se entrevé una otrora esplendida escalera de mármol. Las ventanas dejan ver interiores ruinosos, viviendas delimitadas con bloques de hormigón donde las familias comparten espacio con las gallinas o los cerdos. De un escenario que podría invitar a la tristeza surge la esperanza al ritmo de salsa cubana.

Llegamos al Paseo del Prado y parece que volvemos a la normalidad. Hacemos una breve parada para comer. Aquí al menos los edificios están en pie aunque hace años que no se les remoza con una buena mano de pintura. Desde esta calle caminamos hasta el Capitolio, la excepción que confirma la regla. Este edificio, al igual que la Catedral, no sin esfuerzo, han sido restaurados para la visita del Papa Francisco a la ciudad.

Visitamos bar restaurante El Floridita donde el escritor Ernest Hemingway solía pasar su tiempo y la famosa Bodeguita del Medio donde la música en vivo lleva siendo reclamo desde 1950. También estos acordes nos llaman la atención desde un inhóspito rincón de la Plaza de Armas.  

Tras pasar por el mercado de artesanía San José y subir al Fuerte desde donde se disfruta una de las mejores vistas de la ciudad volvemos al Vedado para descansar un poco antes de salir a cenar. El cambio horario aun hace mella en nuestros cuerpos.

Teníamos claro que esta vez no nos iban a dar gato por liebre. Decidimos salir a investigar por nosotros mismos un lugar donde cenar y parece fue el propio lugar el que nos encontró a nosotros. En la misma calle del hotel encontramos La Cocina de Esteban. Un restaurante fundado por un madrileño, del Atlético de Madrid para más Inri, donde el  amable trato y la calidad culinaria nos hicieron deleitarnos con una langosta del Caribe a un precio inmejorable. Ya tenías un lugar de referencia para cenar sin equivocarnos.