Tras once horas de vuelo, más de
las esperadas por un cambio de ruta de AirEuropa, llegamos a La Habana. Había escuchado muchas historias sobre esta ciudad, apodada La Perla del Caribe. Historias de asturianos que habían tenido familia emigrada en Cuba y que tras el triunfo de al revolución habían vuelto a su tierra natal. Todo ello dio lugar a crearme una idílica imagen de La Habana; sin embargo, muchos años habían pasado y ya nada era lo mismo.
Lo primero pasar el control de pasaportes. “Buenas tardes. ¿Cómo se llama usted?” me interpelaba un policía que comparaba mi rostro con la foto de mi pasaporte. “¿Ha visitado África en los últimos seis meses?” La pregunta me sorprendió de forma especial e inmediatamente recordé una noticia que había leído en El País, <<Cuba y los médicos contra el Ebola>> estábamos en plena fiebre contra esta temible enfermedad y las autoridades cubanas trataban de poner freno a un posible contagio en la isla.
Lo primero pasar el control de pasaportes. “Buenas tardes. ¿Cómo se llama usted?” me interpelaba un policía que comparaba mi rostro con la foto de mi pasaporte. “¿Ha visitado África en los últimos seis meses?” La pregunta me sorprendió de forma especial e inmediatamente recordé una noticia que había leído en El País, <<Cuba y los médicos contra el Ebola>> estábamos en plena fiebre contra esta temible enfermedad y las autoridades cubanas trataban de poner freno a un posible contagio en la isla.
El ritmo pausado del Caribe se
hizo patente, y las maletas tardaron más de una hora en salir por una cinta que
funcionaba de forma intermitente. Una
funcionaria señaló al hombre que pasó el control justo antes que yo. Me llamó la atención el motivo, el señor llevaba un micrófono, debía ser cantante, y a
la par que lo sacaba de su estuche le decía que ese material debía declararlo
en la aduana.
Ya era de noche, aun así la ropa
se pegaba al cuerpo y los pulmones se me llenaban de aire caliente provocándome
un gran sofoco. El trayecto desde el aeropuerto al Vedado me generó un poco de angustia. Las calles estaba oscuras y
las pocas farolas que alumbraban, lo hacían con una luz tenue, casi inexistente. De nuevo volví a recapacitar sobre comentarios que había leído en algunos
foros en pro de la seguridad del país.
Finalmente, tras pasar por cinco
o seis hoteles a dejar a otros turistas, llegamos al Hotel Capri. Tras hacer el
check In y dejar las maletas en la habitación bajamos para cenar en un Paladar
que nos habían recomendado en recepción.
A la salida del hotel un chico se nos acercó y nos preguntó “¿Qué e
lo que etán buscando?”, se presentó como Jorge y se ofreció a acompañarnos
para que no nos perdiéramos.
Durante el trayecto nos ofreció
todo tipo de servicios en la capital, desde ir con nosotros de fiesta,
hasta comer comida típica cubana en casa
de su familia previo paso por el supermercado. Incluso insinuó que en cuba podíamos encontrar
de todo y para todos los gustos. Haciendo gala de la palabrería cubana, Jorge
acabó sentándose con nosotros a beber un mojito y cenar una Ropa Vieja. El precio, en el que iba incluida la comisión
para nuestro inesperado comensal, nos resultó excesivo y nos temimos no haber llevado suficiente presupuesto para los próximos seis días.
Tras despertarme varias veces
durante la noche con la sensación de haber dormido suficiente, cosas del cambio
horario, llegó la mañana siguiente. Un desayuno buffet más que aceptable y ya
nos estaba esperando fuera Tony y su antiquísimo 131 rojo para recorrer la
ciudad. El era nuestro guía. El
espectáculo estaba a punto de comenzar y no sabíamos que lo que íbamos a vivir
ese día nos quedaría grabado para siempre
Nuestra ruta comenzó bajando al
famoso Malecón bordeando el montículo donde se alza el paradigmático Hotel
Nacional que data de 1930. Girando a la izquierda nos encontramos una suerte de
mástiles vacíos que dejan entrever un edificio al fondo. Se trata de la
embajada de los Estados Unidos de América y lo que encontramos justo delante es
la Tribuna Anticapitalista José Martí. Desde que Fidel Castro ordenara
construirlo en el año 2000, éste lugar ha sido protagonista de numerosas
protestas de los cubanos contra Estados Unidos. Uno de las más famosas fueron
las acontecidas a colación del caso de Elián González (El niño balsero).
Continuamos por el Malecón
pasando por el Torreón de la Chorrera, entramos en la Quinta Avenida para hacer
un recorrido por las embajadas. Entre los numerosos edificios diplomáticos me
llamó la atención la Embajada de Rusia por su magnitud y la de Venezuela por la
gran fotografía de Hugo Chavez que colgaba de la fachada. El tema fue muy
recurrente y nuestro guía nos comentó que fue precisamente en un hospital
cercano al Malecón habanero donde el político venezolano vino a tratar su
cáncer. El tema político ya está encima de la mesa. Tratamos de sonsacarle su
opinión sobre Fidel y Raúl Castro y aunque no esquivó nuestras preguntas
tampoco nos dejó vez abiertamente su postura. Con el paso de las horas nos daremos
cuenta que Tony va a tratar la historia de su país desde un punto de vista
neutral para que nosotros saquemos nuestras propias opiniones.
Continuamos la visita entrando en
una isla de pura naturaleza dentro de la urbe. A las orillas del Rio Almendares
presenciamos el primer rito de santería. Un grupo de señoras con pañuelo en la
cabeza y coloridos atuendos rodeaban un pollo recién sacrificado mientras una
recitaba frases ininteligibles por la lejanía, otra agitaba una
campanilla.
Después de este remanso de paz
nos fuimos a la parte histórica de la ciudad: La Habana Vieja. El silencio
durante el resto de la mañana se apoderó del auto. Nuestro guía nos llegó a
preguntar si no nos gustaba como estaba haciendo su trabajo. Nada más lejos de
la realidad. Y fue ésta, la realidad, la que nos cambió el semblante y paralizó
los objetivos de nuestras cámaras.
Tal como si acabara de terminar
una guerra, se abría ante nosotros una panorama de destrucción en todos y cada
uno de los edificios que íbamos dejando a nuestro paso. El coche discurría por
calles rectas jalonadas de vendedores que aglutinaban en sus puestos ambulantes frutas excesivamente maduras. Vamos sorteando socavones de obras que se han
empezado sin atisbo de que lleguen a su fin. Tras un gran portal de
época colonial se entrevé una otrora esplendida escalera de mármol. Las
ventanas dejan ver interiores ruinosos, viviendas delimitadas con bloques de
hormigón donde las familias comparten espacio con las gallinas o los cerdos. De
un escenario que podría invitar a la tristeza surge la esperanza al ritmo de
salsa cubana.
Llegamos al Paseo del Prado y
parece que volvemos a la normalidad. Hacemos una breve parada para comer. Aquí al
menos los edificios están en pie aunque hace años que no se les remoza con una
buena mano de pintura. Desde esta calle caminamos hasta el Capitolio, la
excepción que confirma la regla. Este edificio, al igual que la Catedral, no
sin esfuerzo, han sido restaurados para la visita del Papa Francisco a la
ciudad.
Visitamos bar restaurante El Floridita donde el escritor Ernest Hemingway solía pasar su tiempo y la famosa Bodeguita del Medio donde la música en vivo lleva siendo reclamo desde 1950. También estos acordes nos llaman la atención
desde un inhóspito rincón de la Plaza de Armas.
Tras pasar por el mercado de
artesanía San José y subir al Fuerte desde donde se disfruta una de las mejores
vistas de la ciudad volvemos al Vedado para descansar un poco antes de salir a
cenar. El cambio horario aun hace mella en nuestros cuerpos.
Teníamos claro que esta vez no
nos iban a dar gato por liebre. Decidimos salir a investigar por nosotros
mismos un lugar donde cenar y parece fue el propio lugar el que nos encontró a nosotros. En la misma calle del hotel encontramos La Cocina de
Esteban. Un restaurante fundado por un madrileño, del Atlético de Madrid para
más Inri, donde el amable trato y la
calidad culinaria nos hicieron deleitarnos con una langosta del Caribe a un
precio inmejorable. Ya tenías un lugar de referencia para cenar sin
equivocarnos.

