Lo primero que me llamo la atención fue la localización del conductor, en la parte derecha como los ingleses. No sin razón, precisamente a ellos se les debe la introducción de los primeros vehículos motorizados en el país.
Tailandia, antiguo Reino de Siam, es un país con poco más de 65 millones de habitantes, de los cuales 12 aproximadamente se aglutinan en torno a su capital Bangkok. Una ciudad inmensa e incesante, llena de matices, de contrastes, de olores entremezclados y todos los colores del mundo.
Llegamos al hotel y decidimos descansar un rato antes de acudir al punto de encuentro para nuestra primera visita. A las 19 horas nos esperaba Noemí, una tailandesa de expresivos ojos negros y una dulzura incalculable, para acompañarnos en nuestra toma de contacto con la vida nocturna de la ciudad.
Justo delante del hotel se encontra la estación Chong Nonsi del Sky Train (Tren elevado) que cogimos en dirección Estadio Olímpico, para bajarnos en la estación Sala Daeng. Es tan solo una parada y se puede hacer el trayecto tranquilamente caminando, pero con la ayuda de Noemí aprovechamos para que nos explicara con funcionan los transportes publicos en la ciudad. Los tickets se compran en función de la parada en la que te quieras bajar y cuestan entre 15 y 45 Bats (entre 0,40€ y 1,25€ al cambio). Lo tiene todo: sencillo, cómodo y… ¡Barato!
Visitamos en primer lugar el Mercado nocturno de Patpong abierto entre las seis de la tarde y la una de la madrugada. Una calle cerrada al tráfico llena en su parte central de puestos ambulantes con todos los artículos que te puedas imaginar: lámparas, tazas, gafas, camisetas, cinturones, playeros, bolsos de imitación… etc. En los bajos comerciales un sinfín de lugares para la vida nocturna y la lujuria que tanto se relaciona con este país. En esta calle los tópicos se hacen realidad. Pink Panter Club, French Kiss, Top Less Pull Bar, Super Pussy o The Strip son algunos de los sugerentes nombres que se pueden leer en los luminosos carteles de neón mientras en los interiores las chicas se contonean encima de las barras.
A continuación cogimos un taxi hasta la Lebua State Tower, con un coste de 45 bats, para subir al piso 63 donde está el SkyBar Sirocco. Una terraza con las mejores vistas de la ciudad y famoso por haberse rodado la película Resacón en Tailandia. En este lugar se exige un mínimo en la etiqueta y son bastante estrictos. La entrada es gratuita pero te obligan a consumir y dada la elegancia y el trato del personal los precios no son muy económicos. Una consumición puede oscilar entre los 300 y los 500 bats (de 8 a 15 euros). Sin embargo, las vistas y la experiencia merecen la pena. Estuvimos media hora disfrutando del lugar, aliviandonos con el aire fresco que corre en la azotea del tremendo sopor que provoca la humedad sumada al calor y, cómo no, tomándonos un buen cocktail.
Volvimos a coger otro taxi y nos fuimos al Barrio Chino. Uno de los lugares que más me llamaron la atención por su frenética actividad. Podríamos decir que en realidad existen dos barrios: Uno de día, lleno de tiendas de venta al por mayor donde puedes comprar hasta lo inimaginable, puestos de zumo y frutas; y otro por la noche, donde las tiendas dejan paso a puestos callejeros de comida donde las parrillas se mezclan con los stands de pescados y mariscos. Un lugar donde se mezclan los olores con el ruido y crean un ambiente único y una atmósfera particular no apta para escrupulosos. Decidimos que, a pesar de la expectación que nos despierta, tal vez no sea el mejor lugar para cenar dos occidentales pendientes de adaptación al país.
El siguiente trayecto lo hacemos en tuc-tuc, una especie de motocarros llenos de luces de neón. Legamos al mercado de las flores, el lugar más sorprendente de esta visita. Noemí nos regala una flor de loto, uno de los símbolos del budismo, para abrirla como hacen los locales como si fuera un ritual antes de ofrecerlas en los templos. Esta religión es seguida por más del 80% de los tailandeses, aunque en los últimos años ha habido una gran movilización de musulmanes en el sur del país que ha despertado gran preocupación entre los tailandeses.
Entramos en el mercado y se abre ante nosotros un mundo de colores, composiciones, collares y olores. Podría decirse que es en la práctica un comercio al por mayor en torno a uno de los seres vivos más bonitos de la naturaleza: las flores. Una mujer enhebra pacientemente flores en un collar, otra en cuclillas toma una especie de sopa, al fondo se escuchan voces de comerciantes alborotados, otra duerme en la parte trasera de un puesto. Es una ciudad dentro de la ciudad.
Era la hora de cenar, y que mejor lugar que la famosa calle de Khao San Road, conocida como la Calle de los Mochileros. Se trata de una calle que hace unos años se dedicaba al comercio del arroz hasta que, a un precio muy económico, se abrieron algunos hostales atrayendo a muchos mochileros. Hoy en día es una de los lugares con más ambiente de la vida nocturna de la ciudad. Paseamos por ella y entre tiendas de ropa y bares con música un vendedor nos ofrece escorpiones. Lo siento, no me atrevo a probarlos ¡Qué asco!. Encontramos un restaurante que nos resulta gracioso y decidimos cenar aquí.
Última parada. La calle Roja de Bangkok (Soi Cowboy). Volvemos al inicio de la visita, al prototipo de Tailandia como destino sexual. Noemí nos advierte que no saquemos fotos en este lugar. Decido guardar la cámara para no causar malestar a las chicas que se pasean por esta pequeña calle en tanga y sujetador mientras tratan de que entremos en el bar para el que trabajan. La guía nos acalara que "es la única calle de la ciudad donde las chicas pueden estar semidesnudas en la vía pública". La calle acaba muy cerca de la embajada española y el barrio de oficinas, donde también esta nuestro hotel. La visita acabó allí, donde cogimos de nuevo el Skytrain en la estación de Asok para regresar al hotel.
El día ha sido largo y nada más llegar nos hemos puesto manos a la obra. El primer contacto con Asia ha sido intenso, necesito tiempo para pensar en lo vivido y asimilar esta nueva cultura, esta forma de entender y vivir la vida.











