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El resto de días en La Habana
visitamos la ciudad por nuestra cuenta. La mañana siguiente amaneció con una
impresionante tormenta que dejó paso un cielo de extraña luminosidad. Cogimos
un ciclotaxi para que nos llevara por el Malecón hasta La Catedral (No la
habíamos visto por dentro). La lluvia había dejado inmensos charcos y nuestro
taxista hábilmente nos metió de cabeza en uno de ellos volcando aquel aparatoso
carromato. Superado el incidente, y temiendo el posible resfriado por la
mojadura, seguimos viaje hasta que nuestro conductor nos dijo “Ahí al fondo etá la Catedral”. Nos
fiamos de su información, le pagamos y nos bajamos. Nada más lejos de la
realidad. El intrépido chófer se había cansado de darle al pedal y había
considerado que estábamos suficientemente cerca de nuestro destino.
Volvimos a recorrer esas calles
que nos habían conmocionado tanto, esta vez a pie. La sensación era otra. Mi
acompañante me pregunta por qué no hago fotos. Prefiero no llamar mucho la
atención. Nos asomamos a un portal y una voz desde la otra acera nos dice: “¡A quien bucan utedes!. Esa e
mi casa”. Sin saber cuál era la intención de su comentario, pensando que
podía haber sentido invadida su intimidad,
le hago un gesto de disculpas y proseguimos la caminata.
Toca madrugar. Era hora de ir a
la playa y descansar antes de volver a España. Un bus nos espera para
trasladarnos al aeropuerto donde cogeríamos un vuelo interno para ir a Cayo
Santa María. La guía que viene con el autobús me llama la atención ¡Es
francesa!. La guagua se para en un
sitio oscuro, inhóspito y vacío. La señora indica por el micrófono que hemos
llegado. Nos miramos extrañados y nos comenzamos a reír al comprobar que se
trataba de una suerte de tendejón que hacía las veces de terminal de
Transgaviota.
Las azafatas me llamaron
poderosamente la atención. Cada una daba tu toque personal al uniforme verde de
la compañía. Unas con sus medias de encaje, otra con sus chanclas y otra por
llevar una camiseta rosa fosforita. Hacemos el check In y tenemos que pagar
exceso de equipaje, parece que en vuelos internos el peso es más restringido
que en los internacionales. Tras esperar en una desangelada sala donde
aprovechamos para dormir un poco (Todavía era de noche), hacen la llamada de
embarque. Salimos por una puerta a un descampado donde la vegetación crece y
por un estrecho y tosco camino de hormigón llegamos a la pista de despegue.
El vuelo en aquel ruidoso avión
de hélices fue muy desagradable. El aire
acondicionado estaba al máximo y no teníamos ropa de abrigo. Cuando estábamos
llegando a nuestro destino ya había amanecido y a través de las diminutas
ventanillas podíamos ver lo maravilloso del paisaje cubano. Imponentes
manglares rodeados de mar sin atisbo de intervención humana. Aterrizamos en el
aeropuerto de Cayo Las Brujas, de igual tamaño que el anterior aunque en
mejores condiciones.
Tras esperar un rato el autobús,
comenzamos nuestra ruta por diferentes complejos y resorts, pasando de un cayo
a otro por una carretera construida sobre el mar. Nuestro hotel era Warwik Cayo
Santa María que es uno de los más nuevos. Estéticamente era agradable, sin
embargo, este tipo de complejos en Cuba no son comparables con los de otros
lugares turísticos. Lo más bonito era la playa, aunque las tormentas propias de
esta época del año nos impidió disfrutarla en su plenitud.
El segundo día de nuestra
estancia decidimos hacer una de las excursiones programadas por el tour
operador (Travelplan). Nuestra intención era conocer
Trinidad, pero por falta de aforo tuvimos que visitar solo Remedios y Santa
Clara. “Otro motivo para volver a Cuba” pensé.
Salimos muy temprano. La primera
parada fue en el Museo de la Agroindustria Azucarera en Caibarién. Este museo
muestra la evolución del procesado de la caña de azúcar, desde la mano de obra
esclava hasta las maquinas de vapor. El patrimonio industrial que conserva es
de gran importancia. Tras la visita viajamos a Remedios por la línea férrea que
une las dos ciudades desde 1851. Un tren de vapor que dejaba atrás humildes
casas rurales entre el ruido y el humo.
En Remedios aprovechamos para
escaparnos del grupo y visitar por nuestra cuenta algunas casas coloniales. El
guía nos recomendó visitar la Casa de los Cueto. El apellido nos resultaba
familiar (dos de mis primos se apellidan Cueto). Nos acercamos a la casa y tras
explicarle a la chica rubia que nos abrió la puerta nuestros intereses, nos
invitó amablemente a pasar. Nos indicó que era una alegría para ella
recibirnos, su abuela era asturiana y guardaba mucho cariño a nuestra tierra.
Descubrimos un inmueble, hoy
convertido en hotel, que albergaba un sinfín de muebles dignos de encabezar
cualquier museo colonial. Pasamos por el comedor, desde donde se abrían grandes
ventanales a un patio interior donde el sonido de una relajante fuerte captaba
toda mi atención. Entramos en otra
estancia a oscuras. La anfitriona abrió las contraventanas y pronto
se iluminó un salón propio de una película de época. En una de las esquinas un
maravilloso piano de cola. Al acabar la visita quisimos darle una pequeña
propina por las molestias y la señora ruborizada nos indicó que no era
necesario.
Nos volvimos a reunir con el
grupo y fuimos a comer a una especie de palapa donde nos esperaba un asado muy
aceptable. Una pandilla de gatos merodeaba pacientemente esperando por las
sobras.
Tras la comida fuimos a Santa
Clara. Comenzamos la visita por el cenotafio del Che, una de las figuras primordiales
de la Revolución. Me llamó la atención lo
poco ostentoso del conjunto arquitectónico para la importancia de la figura que
custodia. Descubrimos que el acceso a la tumba estaba cerrado y custodiado por
varios soldados. El guía nos informa que “a veces pasa esto, nunca sabemos
cuando la pueden cerrar, y mucho menos el motivo”. No cabe la queja.
Fuimos al centro de Santa Clara y
allí aprovechamos para hacer algunas compras. Descubrí un puesto ambulante que
tenía sandalias de cuero “¡Que buen regalo para algunos amigos!”. Mi sorpresa
fue mayúscula cuando el comerciante no me las quería vender, si no cambiarlas por mis playeros Nike de imitación. El chico me comentó que allí no
eran fácil de conseguir. Yo le insistí que no eran auténticos ante su estupor.
Al final accedía al trato.
La visita había acabado y volvíamos
al hotel agotados a pesar de ser las seis de la tarde. Solo nos quedaban dos días
en esta paradisíaca isla. El tiempo no era el mejor y mi estómago comenzaba a quejarse, típico mal del turista en Cuba. Era
tiempo de descansar y tomar el sol.








