viernes, 10 de febrero de 2017

Cuba. Cayo Santa Maria

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El resto de días en La Habana visitamos la ciudad por nuestra cuenta. La mañana siguiente amaneció con una impresionante tormenta que dejó paso un cielo de extraña luminosidad. Cogimos un ciclotaxi para que nos llevara por el Malecón hasta La Catedral (No la habíamos visto por dentro). La lluvia había dejado inmensos charcos y nuestro taxista hábilmente nos metió de cabeza en uno de ellos volcando aquel aparatoso carromato. Superado el incidente, y temiendo el posible resfriado por la mojadura, seguimos viaje hasta que nuestro conductor nos dijo “Ahí al fondo etá la Catedral”. Nos fiamos de su información, le pagamos y nos bajamos. Nada más lejos de la realidad. El intrépido chófer se había cansado de darle al pedal y había considerado que estábamos suficientemente cerca de nuestro destino.

Volvimos a recorrer esas calles que nos habían conmocionado tanto, esta vez a pie. La sensación era otra. Mi acompañante me pregunta por qué no hago fotos. Prefiero no llamar mucho la atención. Nos asomamos a un portal y una voz desde la otra acera nos dice: “¡A quien bucan utedes!. Esa e mi casa”. Sin saber cuál era la intención de su comentario, pensando que podía haber sentido invadida su intimidad,  le hago un gesto de disculpas y proseguimos la caminata.

Toca madrugar. Era hora de ir a la playa y descansar antes de volver a España. Un bus nos espera para trasladarnos al aeropuerto donde cogeríamos un vuelo interno para ir a Cayo Santa María. La guía que viene con el autobús me llama la atención ¡Es francesa!. La guagua se para en un sitio oscuro, inhóspito y vacío. La señora indica por el micrófono que hemos llegado. Nos miramos extrañados y nos comenzamos a reír al comprobar que se trataba de una suerte de tendejón que hacía las veces de terminal de Transgaviota. 

Las azafatas me llamaron poderosamente la atención. Cada una daba tu toque personal al uniforme verde de la compañía. Unas con sus medias de encaje, otra con sus chanclas y otra por llevar una camiseta rosa fosforita. Hacemos el check In y tenemos que pagar exceso de equipaje, parece que en vuelos internos el peso es más restringido que en los internacionales. Tras esperar en una desangelada sala donde aprovechamos para dormir un poco (Todavía era de noche), hacen la llamada de embarque. Salimos por una puerta a un descampado donde la vegetación crece y por un estrecho y tosco camino de hormigón llegamos a la pista de despegue.

El vuelo en aquel ruidoso avión de hélices fue muy desagradable. El aire acondicionado estaba al máximo y no teníamos ropa de abrigo. Cuando estábamos llegando a nuestro destino ya había amanecido y a través de las diminutas ventanillas podíamos ver lo maravilloso del paisaje cubano. Imponentes manglares rodeados de mar sin atisbo de intervención humana. Aterrizamos en el aeropuerto de Cayo Las Brujas, de igual tamaño que el anterior aunque en mejores condiciones.

Tras esperar un rato el autobús, comenzamos nuestra ruta por diferentes complejos y resorts, pasando de un cayo a otro por una carretera construida sobre el mar. Nuestro hotel era Warwik Cayo Santa María que es uno de los más nuevos. Estéticamente era agradable, sin embargo, este tipo de complejos en Cuba no son comparables con los de otros lugares turísticos. Lo más bonito era la playa, aunque las tormentas propias de esta época del año nos impidió disfrutarla en su plenitud.

El segundo día de nuestra estancia decidimos hacer una de las excursiones programadas por el tour operador (Travelplan). Nuestra  intención era conocer Trinidad, pero por falta de aforo tuvimos que visitar solo Remedios y Santa Clara. “Otro motivo para volver a Cuba” pensé.

Salimos muy temprano. La primera parada fue en el Museo de la Agroindustria Azucarera en Caibarién. Este museo muestra la evolución del procesado de la caña de azúcar, desde la mano de obra esclava hasta las maquinas de vapor. El patrimonio industrial que conserva es de gran importancia. Tras la visita viajamos a Remedios por la línea férrea que une las dos ciudades desde 1851. Un tren de vapor que dejaba atrás humildes casas rurales entre el ruido y el humo.

En Remedios aprovechamos para escaparnos del grupo y visitar por nuestra cuenta algunas casas coloniales. El guía nos recomendó visitar la Casa de los Cueto. El apellido nos resultaba familiar (dos de mis primos se apellidan Cueto). Nos acercamos a la casa y tras explicarle a la chica rubia que nos abrió la puerta nuestros intereses, nos invitó amablemente a pasar. Nos indicó que era una alegría para ella recibirnos, su abuela era asturiana y guardaba mucho cariño a nuestra tierra.

Descubrimos un inmueble, hoy convertido en hotel, que albergaba un sinfín de muebles dignos de encabezar cualquier museo colonial. Pasamos por el comedor, desde donde se abrían grandes ventanales a un patio interior donde el sonido de una relajante fuerte captaba toda mi atención.  Entramos en otra estancia a oscuras. La anfitriona abrió las contraventanas y pronto se iluminó un salón propio de una película de época. En una de las esquinas un maravilloso piano de cola. Al acabar la visita quisimos darle una pequeña propina por las molestias y la señora ruborizada nos indicó que no era necesario.

Nos volvimos a reunir con el grupo y fuimos a comer a una especie de palapa donde nos esperaba un asado muy aceptable. Una pandilla de gatos merodeaba pacientemente esperando por las sobras.

Tras la comida fuimos a Santa Clara. Comenzamos la visita por el cenotafio del Che, una de las figuras primordiales de la Revolución.  Me llamó la atención lo poco ostentoso del conjunto arquitectónico para la importancia de la figura que custodia. Descubrimos que el acceso a la tumba estaba cerrado y custodiado por varios soldados. El guía nos informa que “a veces pasa esto, nunca sabemos cuando la pueden cerrar, y mucho menos el motivo”. No cabe la queja.

Fuimos al centro de Santa Clara y allí aprovechamos para hacer algunas compras. Descubrí un puesto ambulante que tenía sandalias de cuero “¡Que buen regalo para algunos amigos!”. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el comerciante no me las quería vender, si no cambiarlas por mis playeros Nike de imitación. El chico me comentó que allí no eran fácil de conseguir. Yo le insistí que no eran auténticos ante su estupor. Al final accedía al trato.

La visita había acabado y volvíamos al hotel agotados a pesar de ser las seis de la tarde. Solo nos quedaban dos días en esta paradisíaca isla. El tiempo no era el mejor y mi estómago comenzaba a quejarse, típico mal del turista en Cuba. Era tiempo de descansar y tomar el sol.